Dorota Kędzierzawska’s Student short films (1981-1985)
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Fotografías de Marta Soltys
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“Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca? Los místicos, en análogo trance prodigan los emblemas: para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro está en todas partes y las circunferencia en ninguna; Ezequiel, de un ángel de cuatro caras que a un tiempo se dirige al Oriente y al Occidente, al Norte y al Sur. (No en vano rememoro esas inconcebibles analogías; alguna relación tienen con el Aleph.) Quizá los dioses no me negarían el hallazgo de una imagen equivalente, pero este informe quedaría contaminado de literatura, de falsedad. Por lo demás, el problema central es irresoluble: La enumeración, si quiera parcial, de un conjunto infinito. En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.

En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.”

El aleph, Jorge Luis Borges

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Mayflower, Sarah Peters
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The Turin horse, Bela Tárr (2011)
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Polaroids de Valentina Vallone
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“El otro día leí unos versos escritos por un pintor eminente que eran originales y no eran convencionales. El alma siempre escucha una advertencia en tales líneas, sin importar el tema del que traten. El sentimiento que inculcan es más valioso que cualquier pensamiento que contengan. Creer en tu propio pensamiento, creer que lo que es cierto en el fondo de tu corazón es cierto para todas las personas, eso es el genio. Expón tu convicción latente, y será el sentido del universo; puesto que lo interior con el debido tiempo se torna lo exterior, y nuestro primer pensamiento nos es devuelto por las trompetas del juicio final. Familiar como lo es la voz de la mente para cada quien, el máximo mérito que les atribuimos a Moisés, Platón, y a Milton es, que tuvieron en nada los libros y las tradiciones, y hablaron lo que pensaban ellos, no lo que pensaba la gente. La gente debería aprender a detectar y observar ese destello de luz que atraviesa su mente desde adentro, más que el brillo del firmamento de los bardos y los sabios. Mas desecha su pensamiento sin tomarlo en cuenta, sólo porque es suyo. En toda obra genial reconocemos nuestros propios pensamientos rechazados: nos son devueltos con una cierta majestad ajena. Esa es la lección más conmovedora que nos pueden dar las grandes obras de arte. Nos enseñan a morar en nuestra impresión espontánea con inflexibilidad jovial, más aún cuando todas las voces están del otro lado. Sino, mañana un extraño dirá con sensatez magistral precisamente lo que sentimos y pensamos todo el tiempo, y nos veremos forzados a tomar con vergüenza nuestra propia opinión de parte de otro.

Hay un momento en la educación de toda persona en que se llega a la convicción de que la envidia es ignorancia; que la imitación es suicida; que debe aceptarse a sí mismo, para bien, para mal, como suyo; que aunque el ancho mundo está lleno de bienes, no hay grano de maíz nutritivo que no le venga a través de la faena hecha en ese pedazo de tierra que se le dio para labrar. El poder que reside en la persona es nuevo en la naturaleza, y nadie sino ella sabe lo que puede hacer, ni ella sabe hasta que lo intenta. No es por nada que una cara, un carácter, un hecho, le impresionan tanto, y otros no. Esta escultura hecha en su memoria no carece de armonía preestablecida. El ojo se situó donde caería un rayo, para dar testimonio de ese rayo en particular. Nos expresamos a medias, y nos apenamos de esa idea divina que representamos cada uno de nosotros. Puede confiarse como armónica y de buenos principios, por lo que puede ser impartida fielmente, pero Dios no hace manifiesta su obra mediante cobardes. Un ser humano se siente aliviado y alegre cuando ha puesto su corazón en su obra y dado lo mejor de sí; pero cuando lo que haya dicho o hecho no sea así, no se sentirá en paz. Es una liberación que no libera. Al intentarlo, su genio lo abandona; ninguna musa se acerca; no hay creaciones ni esperanza.

Confía en ti mismo: todo corazón vibra con esa nota. Acepta el sitio que la divina providencia te asignó, la sociedad de tus contemporáneos, la conexión de los eventos. Las grandes personas siempre han hecho esto, y han confiado, como niños, en el genio de su era, negando su percepción de que lo completamente digno de confianza se asentaba en su corazón, que trabajaba con sus manos, que predominaba en todo su ser. Y ahora somos personas, y debemos aceptar con la mayor magnanimidad el mismo destino trascendental; no como menores o inválidos en un rincón seguro, ni como cobardes huyendo ante una revolución, sino como guías, redentores, y benefactores, obedeciendo el esfuerzo del todopoderoso, y avanzando hacia el caos y la oscuridad.”

Autoconfianza, Ralph Waldo Emerson

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