Blue bird of happiness. Tribute to Maurice Maeterlinck.
Collage on cardboard. 50x65cm. February 2012
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“El cine, que no necesita de un lenguaje, de ninguna convención para ponernos en contacto con los objetos, no reemplaza, sin embargo, a la vida, se trata de pedazos de objetos, de jirones de realidad, de puzzles inacabados de cosas que el cine une entre sí para siempre. Y esto, piénsese lo que se piense, es muy importante, porque es preciso darse cuenta de que el cine nos presenta un mundo incompleto y de una vez por todas, y es agradable el hecho que de este mundo quede así fijado en su forma inacabada, porque si por un milagro los objetos así fotografiados, así estratificados en la pantalla, pudieran moverse, resulta difícil imaginar la imagen de la nada, el vacío en las apariencias que podrían llegar a crear.

Quiero decir que la figura de un film es definitiva e inapelable y, si permite una criba y una elección anteriores a la presentación de las imágenes, prohíbe que la acción de las imágenes cambie o se sobrepase. Es incontestable, y nadie podrá jamás pretender que un gesto humano sea jamás perfecto, que no existe para él una posibilidad de mejora en su acción, en sus ondas, en su comunicación. El mundo cinematográfico es un mundo muerto, ilusorio y parcelado. Aparte que no rodea las cosas, que no entra en el centro de la vida, que no retiene de las formas más que su epidermis y lo que puede ser aprehendido desde un ángulo visual extremadamente restringido, prohíbe toda insistencia y toda repetición, lo que constituye una de las condiciones principales de la acción mágica, del desgarramiento de la sensibilidad.

No se puede rehacer la vida. Las ondas vivientes, inscritas en un número de vibraciones fijado para siempre, son ondas desde entonces muertas. El mundo del cine es un mundo hermético, sin relación con la existencia. Su poesía se halla, no más allá, sino más acá de las imágenes. Cuando sacude la mente, su fuerza disociadora queda rota. Ha habido poesía, ciertamente, en torno al objetivo, pero antes del paso filtrado a través de él, antes de la inscripción sobre la película.

Aparte de que, desde el sonoro, las elucubraciones de la palabra detienen la poesía inconsciente y espontánea de las imágenes, la ilustración y el completamiento del sentido de una imagen por medio de la palabra, muestran los límites del cine. La pretendida magia mecánica del ronroneo visual constante no se ha mantenido ante el frenazo de la palabra, que nos ha hecho aparecer esta magia mercancía como el resultado de una sorpresa puramente fisiológica de los sentidos. Nos cansamos pronto de las bellezas azarosas del cine. Tener los nervios más o menos afortunadamente friccionados por cabalgatas abruptas e inesperadas de imágenes, cuyo desarrollo y aparición mecánicos escapaban a las leyes y a la estructura misma del pensamiento, podía satisfacer a algunos estetas de lo oscuro y de lo inexpresado, que buscaban estas emociones por sistema, pero sin estar nunca seguros de que realmente aparecerían. Este azar y este inexpresado formaban parte del encantamiento delicado y sombrío que el cine ejercía sobre las mentes. Todo esto, unido a otras cualidades más precisas en cuya búsqueda estábamos todos empeñados. Sabíamos que las virtudes más características y más señaladas del cine eran siempre, o casi siempre, efecto del azar, es decir, una especie de misterio del que no llegábamos a explicarnos la fatalidad.

[...]

Por tanto, la poesía que puede desprenderse de todo esto no es más que una poesía eventual, la poesía de lo que podría ser, y en consecuencia no es del cine de quien debamos esperar que nos restituya los mitos del hombre y de la vida de hoy.”

El cine, Antonin Artaud

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Estáis todos invitados a venir a la inauguración de la exposición Odi et Amo este viernes 13 de Abril en la Sala Ámbito cultural de El Corte Inglés de Málaga; en la que estaré participando junto a otras 16 artistas fabulosas, como Ana Himes, Sonia Marpez, Irene Moray, Dara Scully, Joana Santamans, Verónica Algaba, Willy Ollero, Belén Segarra, Vero Navarro, Michelle Martins, María Herreros, Laura Beltrán, Silvia Rodriguez, María Simó, Xiana Alonso y Laura Castelló.

Abajo, mi contribución, y un pequeño/gran texto de lo que podréis encontrar en la exposición. ¡Os esperamos!


Collages sobre papel. 40x50cm. Marzo 2012

“El espectador es parte del metraje, una pieza clave en la que confluye el trabajo y la simbología de todos los que han hecho posible la película. De ahí que Odi et amo plantee un juego de aproximación a la huella que grandes clásicos del cine han dejado en nosotros. Todos en alguna ocasión hemos sentido al encenderse las luces algo que tímidamente nos crece, un determinado número de fotogramas han conseguido acompasar la cadencia de la ficción al ritmo de nuestra realidad y eso nos alimenta. Identificamos personajes con roles, con conflictos personales, con recuerdos o incluso deseos a los que hemos obligado a permanecer en pausa. Tenemos el poder del mando a distancia en nuestra vida, pero no en la sala de cine, donde nos vemos obligados a creer en posibilidades y situaciones, a vivirlas en primera persona, sintiéndonos parte de un guión que sin quererlo contiene algo cercanamente nuestro. Y es entonces cuando horas o incluso días después, nuestro recuerdo comienza a modificar al personaje, el entorno, los diálogos, nuestra percepción se adueña de la original y la reinventa. Por eso cuando transmitimos a otros nuestra opinión sobre una película, la objetividad se ve contaminada sabiamente por nuestra forma de recordar imágenes. Estoy a favor de este hecho porque creo que nuestra mente es una sala de cine constante donde se proyecta en sesión continua la vida de los otros. Es justo aquí donde se encuentra el origen de este proyecto que pretende mostrar como ciertos personajes merecen la oportunidad de una actitud de espejo por parte del espectador, otorgando un nuevo territorio al más sincero homenaje que es el de permitir el encuentro en la reinvención de un clásico.

Femme Fatale es un proyecto de inmersión cinematográfica que nos conduce más allá del mito y su simbología. Nuestro planteamiento inicia la búsqueda de la figura femenina en actrices protagonistas que subrayan, e incluso construyen en torno a ellas una atmósfera que otorga al metraje de grandes películas de la historia del cine su verdadera esencia. Nuestra intención es la de ahondar en la piel y el latido de estos personajes a través de la mirada de 17 jóvenes creadoras. Valiéndose de la ilustración y la fotografía cada una de ellas reinterpreta a una femme fatale, acortando distancias y haciéndolas por fin detenerse en su propia intimidad, como si al fin excluidas del guión y los focos las dejáramos expresar el mayor de sus secretos.

Creemos que este proyecto plantea un enfoque necesario: el diálogo de iguales, la mujer como espejo de un rol y por fin ese matiz de descanso sobre ellas, porque la que mira no juzga o etiqueta, la espectadora comprende cada gesto y lejos de pautarlas las invita a evitar la pose y las incita a hablar a través del cuerpo, de su dolor, su ira, su deseo, su vulnerabilidad y de su intenso deseo de amarse más allá de la imagen que proyectan. Por ello, cada creadora ha tenido total libertad para afrontar un diálogo que diera como resultado una conversación visual donde el espectador puede leer e incluso aprender una nueva textura de la imagen, como un puente que nos devuelve a la magia de la butaca y la proyección, pero desde dentro del corazón de sus protagonistas.”

Isabel Hernández
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The corridor, Sharunas Bartas (1995)
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Fotografias de Rachael Schumacher
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Fotografías de Amber Ortolano
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Mixed media on canvas, 50x65cm. February 2012
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“Creo en el poder de la imaginación para rehacer el mundo, liberar la verdad que hay en nosotros, alejar la noche, trascender la muerte, encantar las autopistas, congraciarnos con los pájaros y asegurarnos los secretos de los locos.

Creo en mis propias obsesiones, en la belleza de un choque de autos, en la paz del bosque sumergido, en la excitación de una playa de vacaciones desierta, en la elegancia de los cementerios de automóviles, en el misterio de los estacionamientos de varios pisos, en la poesía de los hoteles abandonados.

Creo en las pistas de aterrizaje olvidadas de Wake Island, señalando a los Pacíficos de nuestras imaginaciones.

Creo en la belleza de todas las mujeres, en la perfidia de sus fantasías, tan cerca de mi corazón; en la unión de sus cuerpos desencantados con los rieles de cromo de las góndolas de supermercado; en su cálida tolerancia de mis propias perversiones.

Creo en la muerte del mañana, en el acabamiento del tiempo, en la búsqueda de un tiempo nuevo en las sonrisas de las mozas de los bares de las rutas y en los ojos cansados de los controladores de tráfico aéreo en aeropuertos fuera de temporada.

[...]

Creo en la locura, en la verdad de lo inexplicable, en el sentido común de las piedras, en la demencia de las flores, en la enfermedad reservada para la raza humana por los astronautas del Apolo.

No creo en nada.

Creo en Max Ernst, Delvaux, Dalí, Tiziano, Goya, Leonardo, Vermeer, de Chirico, Magritte, Redon, Durero, Tanguy, el Facteur Cheval, las torres Watts, Bocklin, Francis Bacon, y en todos los artistas invisibles dentro de las instituciones psiquiátricas del mundo.

Creo en la imposibilidad de la existencia, en el humor de las montañas, en lo absurdo del electromagnetismo, en la farsa de la geometría, en la crueldad de la aritmética, en las intenciones asesinas de la lógica.

[...]

Creo en el vuelo, en la belleza del ala, y en la belleza de todo lo que alguna vez haya volado, en la piedra arrojada por un niño pequeño que lleva en sí misma la sabiduría de los estadistas y de las parteras.

Creo en la amabilidad del bisturí, en la geometría sin límites de la pantalla de cine, en el universo oculto dentro de los supermercados, en la soledad del sol, en la locuacidad de los planetas, en la redundancia de nosotros mismos, en la inexistencia del universo y el aburrimiento del átomo.

[..]

Creo en la no existencia del pasado, en la muerte del futuro, y en las infinitas posibilidades del presente.

Creo en el desarreglo de los sentidos: en Rimbaud, William Burroughs, Huysmans, Genet, Celine, Swift, Defoe, Carroll, Coleridge, Kafka.

Creo en los próximos cinco minutos. Creo en la historia de mis pies.

Creo en las migrañas, el aburrimiento de las tardes, el temor a los calendarios, la traición de los relojes.

Creo en la ansiedad, la psicosis y la desesperanza.

Creo en las perversiones, en el amor obsesivo por los árboles, las princesas, los primeros ministros, las estaciones de servicio abandonadas (más bellas que el Taj Mahal), las nubes y los pájaros.

Creo en la muerte de las emociones y el triunfo de la imaginación.

[...]

Creo en el dolor. Creo en la desesperanza. Creo en todos los niños. Creo en todas las excusas. Creo en todas las razones. Creo en todas las alucinaciones. Creo en toda la rabia. Creo en todas las mitologías, recuerdos, mentiras, fantasías y evasiones.

Creo en el misterio y la melancolía de una mano, en la amabilidad de los árboles, en la sabiduría de la luz.”

Fragmentos de En qué creo, James G. Ballard. Traducido por Claudia Kozak y extraído de Revista Artefacto.

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